El próximo 23 de junio se celebrará en el Reino Unido el referéndum
para decidir si ese país continúa perteneciendo a la Unión Europea o no.
Independientemente del resultado, cabe preguntarse qué impulsa a la gente a votar
una cosa u otra.
Las opiniones que expresan los
británicos son del tipo: “Queremos
gobernarnos y que no sea Europa la que nos gobierne”, “Está decidido. Voto al
Brexit. Alea jacta est”, “Europa lastra nuestro futuro”, “Queremos seguir
siendo como somos”… solo demuestran que en la mayoría de los casos la decisión
no es el producto de un razonamiento sino emocional.
Desgraciadamente, vemos como la política utiliza cada vez
más los argumentos emocionales. Y cuando surge un filón emocional, los
políticos no dudan en explotarlo para atraer al votante aunque el manejo de
esas emociones resulte luego incontrolable.
Y ese descontrol existe. Algunas “Personas Altamente Implicadas
a Nivel Emocional” (PAINE) llegan a identificarse de tal manera con la idea
propuesta que radicalizan sus posturas más allá de lo que la sana convivencia recomienda.
Hay grados de radicalización. Los casos más extremos corresponderían a aquellas
mentes, probablemente perturbadas, que se implican hasta un alto grado de
violencia; véase el caso de Jo Cox. Sin embargo hay otros niveles de
radicalización menos extremos pero que marcan tendencia. El insulto, en
especial a través de internet, donde impera cierto anonimato, está a la orden
del día cuando un PAINE entra en una discusión. Pocos argumentos y muchas
descalificaciones.
Ya se sabe las ideas adquiridas emocionalmente no pueden
cambiarse desde el raciocinio.
En definitiva, como decía en una de sus canciones Georges
Brassens:
“Morir por las ideas, la idea es excelente, pero yo estuve a
punto de morir por no haberla tenido ya que todos los sí que la tenían,
berreando como locos, me cayeron encima.”

